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La tinta y la mente

Desde hace un tiempo compagino mi día a día con la escritura. 

Me muevo entre el relato, la poesía, el ensayo y el teatro. No es un pasatiempo para desconectar. Escribir es la manera de procesar en voz alta las mismas cosas que veo como psicólogo, economista, educador o divulgador. Al final da igual la etiqueta que nos pongamos: en todos estos campos lo importante es lo mismo, las personas, sus decisiones, sus dudas y esos silencios que a veces dicen más que las palabras.

Este camino me ha regalado momentos maravillosos, como coordinar los encuentros de lecturas heurísticas en la Biblioteca Central de Ferrol. Es una experiencia que me llena especialmente, allí me doy cuenta de que voy a enseñar bien poco y a aprender mucho. El mérito es de las personase que se juntan allí cada mes; sus miradas y sus reflexiones son las que le dan sentido a los textos y me ayudan a ser mejor formador y, sobre todo, mejor persona.

Nada de lo que escribo o hago tendría valor sin la gente que me rodea. Las personas a las que ayudo, alumnos, lectores y los profesionales a los que asesoro, son mi verdadera escuela. La psicología me ayuda a entender los personajes de un relato; la poesía me enseña a escuchar con más atención en la consulta; y el teatro me da herramientas para comunicar mejor en una charla. Todo ayuda para escribir ensayos más profundos, quizá no es esa la palabra ideal, textos que tienen en cuenta más y mejor a las personas. Todo se alimenta entre sí, pero el motor real siempre es el cariño, la confianza y la paciencia de quienes me prestan su tiempo y su escucha.

Y a veces llegan alegrías en forma de premios literarios, sientan muy bien y animan a seguir. Pero el verdadero premio es mirar alrededor y ver que todo encaja. Escribir no te aleja de los demás ni de la profesión; al contrario, te acerca mucho más a la gente, ayuda a comprenderlos, comprendernos, mejor y hace sentir que el camino, gracias a todos ellos, está completo.

Aquí un relato breve para la revista Compromiso y cultura:


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