Desde hace un tiempo compagino mi día a día con la escritura. Me muevo entre el relato, la poesía, el ensayo y el teatro. No es un pasatiempo para desconectar. Escribir es la manera de procesar en voz alta las mismas cosas que veo como psicólogo, economista, educador o divulgador. Al final da igual la etiqueta que nos pongamos: en todos estos campos lo importante es lo mismo, las personas, sus decisiones, sus dudas y esos silencios que a veces dicen más que las palabras. Este camino me ha regalado momentos maravillosos, como coordinar los encuentros de lecturas heurísticas en la Biblioteca Central de Ferrol. Es una experiencia que me llena especialmente, allí me doy cuenta de que voy a enseñar bien poco y a aprender mucho. El mérito es de las personase que se juntan allí cada mes; sus miradas y sus reflexiones son las que le dan sentido a los textos y me ayudan a ser mejor formador y, sobre todo, mejor persona. Nada de lo que escribo o hago tendría valor sin la gente que me rodea....
Hace un rato un amigo periodista de Valencia me llamó. Está haciendo un reportaje sobre el apagón de hace un año y en ese trabajo incluye las reacciones de distintas personas durante las horas en las que no había electricidad a nuestro alrededor. Estuvimos hablando un buen rato. Le conté lo que yo hice, me contó el lío que tuvo él en el trabajo, sin posibilidad de sacar adelante las noticias. Y me hizo pensar en como reaccionamos ese día. Fue el 28 de abril de 2025. España se quedó a oscuras . Sin previo aviso, sin causa conocida durante horas, sin horizonte claro. Desapareció la pantalla. Desapareció el ruido de fondo que mucha gente usa, sin saberlo, para no estar sola consigo misma. Lo que quedó fue la persona. Y la persona reaccionó. Esto no es juzgar, es valorar, analizar. Es entender a las personas. Hubo quien agotó la batería del móvil en minutos buscando información que no existía. La búsqueda compulsiva de datos es una estrategia de regulación emocional: no mitiga el peligro ...