Hace un rato un amigo periodista de Valencia me llamó. Está haciendo un reportaje sobre el apagón de hace un año y en ese trabajo incluye la...
Hace un rato un amigo periodista de Valencia me llamó. Está haciendo un reportaje sobre el apagón de hace un año y en ese trabajo incluye las reacciones de distintas personas durante las horas en las que no había electricidad a nuestro alrededor. Estuvimos hablando un buen rato. Le conté lo que yo hice, me contó el lío que tuvo él en el trabajo, sin posibilidad de sacar adelante las noticias. Y me hizo pensar en como reaccionamos ese día.
Fue el 28 de abril de 2025. España se quedó a oscuras. Sin previo aviso, sin causa conocida durante horas, sin horizonte claro. Desapareció la pantalla. Desapareció el ruido de fondo que mucha gente usa, sin saberlo, para no estar sola consigo misma. Lo que quedó fue la persona. Y la persona reaccionó. Esto no es juzgar, es valorar, analizar. Es entender a las personas.
Hubo quien agotó la batería del móvil en minutos buscando información que no existía. La búsqueda compulsiva de datos es una estrategia de regulación emocional: no mitiga el peligro real, pero reduce la sensación de indefensión. El problema es que, cuando la información no llega, la búsqueda se vuelve ansiosa en sí misma. El cerebro interpreta el silencio como confirmación de que algo grave ocurre.
Hubo quien bajó a la calle. Bares llenos a media tarde, gente sentada sin teléfono, mirándose. Conversaciones entre vecinos que llevaban años sin cruzar más de un saludo. El ser humano es una especie de apego: ante la amenaza, busca proximidad con otros porque evolutivamente eso aumentaba las probabilidades de sobrevivir. No es debilidad. Es biología profunda. Y fue, para muchos, el espacio más genuinamente humano que habían habitado en mucho tiempo.
Hubo quien sacó las velas sin aspavientos, cocinó con gas, o comió frío, y leyó hasta que oscureció. Personas con locus de control interno: la creencia de que las propias acciones determinan los resultados genera calma ante la adversidad. No porque no perciban el riesgo, sino porque su respuesta por defecto es concentrarse en lo que sí pueden hacer. Es la actitud más cercana al estoicismo. Y la más saludable, en términos de bienestar individual.
Hubo quien lloró, quien perdió la calma, quien buscó culpables de inmediato. Para quien vive en un margen estrecho —económico, sanitario, emocional— un apagón prolongado no es una anécdota: es alimentos que se estropean, trabajo perdido, dependencia de un respirador, medicación que necesita frío. El pensamiento catastrofista, en esos casos, no es irracionalidad. Es una respuesta calibrada a una historia de vida en la que las cosas sí han salido mal. Juzgar negativamente esas reacciones revela más sobre quien juzga que sobre quien las experimenta.
Y hubo quien convirtió todo aquello en meme en cuanto volvió la conexión. El humor ante la adversidad es uno de los mecanismos de defensa más sofisticados que conoce la psicología. Reencuadra la realidad, reduce su carga amenazante. Funciona. Aunque a veces sirve también para no sentir la necesidad de procesar nada.
Más allá de los tipos de personalidad el apagón reveló algo estructural: una proporción significativa de la población adulta no tenía efectivo en casa, no sabía un número de teléfono de memoria, no tenía linterna ni velas. La autonomía básica —aquella que cualquier generación anterior daba por sentada— se ha erosionado de forma silenciosa. No es un problema de carácter. Es un problema de diseño: vivimos en sistemas que hacen innecesaria la preparación individual hasta que dejan de funcionar.
Una crisis empuja a las personas hacia abajo en la pirámide de necesidades en cuestión de minutos. Y lo que se ve en ese descenso —la generosidad, el ingenio, el miedo, la calma, la crueldad— no es la excepción de quiénes somos.
Es, con frecuencia, la verdad.
¿Y yo qué hice? Una mezcla de lo dicho antes. Revisé la casa (velas sip, radio a pilas no la encontré, comida fría para un par de días) y anoté lo que faltaba. Cogí el coche (depósito ok, casi lleno) y fui a ver a los seres queridos por si necesitaban algo. Paré en un bazar chino para comprar una radio. Descarté comprar un hornillo (y su bombona). Saqué 200 euros del cajero. En casa leí mucho (el ebook con iluminación ayudó). Recuerdo estar bastante tranquilo, con la única preocupación de si el origen del apagón fuese provocado. Y me alegré de que, en general, reaccionásemos con bastante tranquilidad ante esas horas de apagón.
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