La nota que nos cuesta la salud Por mucho que el sistema diga que esto es meritocracia hay algo que no cuadra cuando la palabra más repet...
La nota que nos cuesta la salud
Por mucho que el sistema diga que esto es meritocracia hay algo que no cuadra cuando la palabra más repetida en los pasillos de segundo de Bachillerato es «ansiedad».
Llevo semanas hablando con estudiantes, con sus padres y con sus profesores. Preparando un libro sobre cómo afrontar la elección de una carrera sin que el proceso te destroce por el camino. Y lo que escucho, una y otra vez, independientemente de si hablo con una chica de diecisiete años, con su madre o con su tutor, es básicamente lo mismo: todos saben que algo no está bien, que no es, ni de lejos, el sistema ideal.
Dentro de unos ochenta días miles de jóvenes en España se sentarán ante un examen que, se les ha dicho, determinará su futuro. Muchos de ellos llevan años sacando sobresalientes. Estudian más de lo que duermen. Han renunciado a fines de semana, a cumpleaños, a esa película que todo el mundo ha visto ya. Y aun así, la semana antes de la EBAU, muchas de esas chicas brillantes seguirán pensando lo mismo: que no es suficiente.
Eso no es un problema de actitud. Es el resultado lógico de un sistema que ha convertido un número con dos decimales en el árbitro definitivo de quién merece qué.
El número que lo decide todo
En España entrar en Medicina, Enfermería, Ingeniería de Telecomunicaciones o un doble grado requiere alcanzar notas que hace apenas una generación habrían sido ciencia ficción. Más del 20% de los universitarios gallegos ya entraron con notas de 12 a 14. Hay carreras que exigen un 13,8 sobre 14. La diferencia entre estudiar lo que quieres y estudiar lo que puedes la pueden marcar tres décimas. O dos. O una.
Ese nivel de precisión quirúrgica no mide el talento. Mide la capacidad de aguantar la presión sin quebrarse.
Y aquí está el problema: el sistema ha diseñado una prueba que premia, entre otras cosas, la resistencia al estrés. Pero luego, cuando una generación entera llega a la universidad con ansiedad crónica, insomnio y la sensación de que lleva años sin respirar, nos sorprendemos. Como si no lo hubiéramos visto venir.
Lo que los datos no cuentan
Hay algo que las estadísticas sobre notas de corte no recogen: el coste humano que hay detrás de cada décima disputada.
En las conversaciones que he tenido estas semanas ese coste aparece siempre. Los vértigos durante el curso. Las semanas enteras sin poder dormir. El momento en que una estudiante brillante deja de querer la carrera que soñaba. Ya no quiere ser médico. Ya no quiere ser ingeniera. Solo quiere que esto acabe.
Ese momento debería hacernos parar. No a ella. A nosotros.
Los docentes con los que he hablado lo ven cada año y no saben bien qué hacer con ello. Están atrapados entre un currículo que no cede y unos alumnos que llegan a clase en un estado que no es de aprendizaje: es de supervivencia. Los padres oscilan entre la preocupación genuina por sus hijos y el miedo a que, si les quitan presión, lleguen mal preparados. Es un nudo en el que todo el mundo tira con buena intención y el nudo solo aprieta más.
Por qué esto afecta más a las chicas
Hay un patrón que los estudios muestran y que las conversaciones en las aulas confirman también: el perfeccionismo en Bachillerato tiene género. Las chicas son más proclives a interiorizar que deben rendir al máximo y que no pueden permitirse fallar. No porque sean más débiles, sino porque el entorno les ha enviado ese mensaje de formas más constantes y más sutiles durante toda su vida.
En mis conversaciones con alumnas de segundo, este patrón es llamativo. Chicas con expedientes impecables que hablan de sí mismas como si fueran a fracasar. Que miden cada examen parcial como si de él dependiera todo. Que han aprendido a sonreír mientras por dentro llevan meses funcionando en alerta permanente.
Eso no significa que los chicos no sufran. Significa que sobre las chicas recae una doble carga: la de la exigencia académica y la de la expectativa social de gestionar esa exigencia sin mostrar que duele.
Si tienes diecisiete años y reconoces esto quiero que sepas algo: no hay nada en ti que esté roto. El sistema tiene un problema de diseño. Tú no.
La neurociencia que el sistema ignora
Hay un bucle que pocos se atreven a nombrar porque es incómodo para todos.
La ansiedad no solo es consecuencia de la presión académica. También es causa del peor rendimiento. El cortisol elevado de forma crónica daña la memoria de trabajo. Bloquea la capacidad de concentración. Un estudiante con alta ansiedad tiene, fisiológicamente, más dificultades para rendir en los exámenes, precisamente por esa ansiedad.
El sistema exige alto rendimiento bajo presión. La presión deteriora el rendimiento. El peor rendimiento aumenta la presión. Es un bucle cruel que no tiene nada que ver con el esfuerzo ni con la inteligencia, y que la neurociencia lleva años describiendo con precisión mientras el diseño del sistema hace como si no existiera.
Cuando hablo de esto con los docentes, muchos asienten. Lo ven. Pero el sistema en el que trabajan no tiene mecanismos para interrumpir ese bucle. No hay espacio en el calendario. No hay protocolo. No hay margen.
No es un problema de voluntad. De nadie. Es un problema de arquitectura.
La trampa que nadie nombra
Hay una parte de este debate que casi nunca sale a la luz en las conversaciones familiares, y merece salir.
El sistema de notas de corte en la universidad pública funciona, en la práctica, como un embudo que dirige a las familias con dinero hacia la universidad privada. El alumno que no llega al 13,8 en Medicina puede pagarse la carrera en un centro privado por 15.000 o 20.000 euros al año. La nota de corte no cierra la puerta a la carrera. Cierra la puerta a la carrera gratuita.
Llamar meritocracia a eso es un eufemismo generoso.
Y hay más. España tiene exámenes de acceso distintos por comunidad autónoma, pero todos los candidatos compiten por las mismas plazas en todo el país. Un estudiante de una comunidad con una EBAU más asequible puede superar con su nota a otro que ha hecho un examen objetivamente más exigente. Están jugando el mismo partido con reglas distintas. Y nadie en las instituciones parece tener prisa por resolverlo.
Los padres con los que hablo raramente conocen este detalle. Cuando lo descubren hay dos reacciones, calcular si su CCAA es de las "buenas", y, si el hijo es menor, calcular si pueden matricular a su hijo en otra comunidad. La injusticia del sistema se convierte en estrategia individual porque el sistema no deja otra salida.
Lo que el resto de Europa hace diferente
Cuando miramos cómo acceden a la universidad en otros países europeos, el modelo español resulta difícil de defender.
En Países Bajos presentas un CV y una carta de motivación. En Alemania, el Abitur evalúa los últimos dos años de trabajo, no un examen de días concretos. En el Reino Unido, las universidades hacen entrevistas. En ninguno de esos modelos un martes de junio con más o menos presión arterial, o la suerte de qué preguntas cayeron ese año, puede cambiar el rumbo de una vida.
España ha concentrado años de esfuerzo en una semana de junio. Y a eso lo llamamos sistema de acceso.
Lo que escuchan los estudiantes en casa
Hay un actor que no debe faltar en este análisis: las familias.
La presión no la ejerce solo el sistema. También la transmiten, muchas veces sin saberlo y con la mejor intención, los padres y las madres. La pregunta de cómo fue el examen antes de que el hijo haya cruzado la puerta. La comparación con el primo que sacó un 13,5. El comentario de que «con esa nota no vas a poder estudiar lo que quieres». El miedo de los propios padres, perfectamente legítimo, proyectado sobre alguien que ya carga con el suyo.
En mis conversaciones con familias lo que más me sorprende muchas veces no es la exigencia: es la soledad. Los padres no saben cómo ayudar. Quieren hacerlo bien y no tienen herramientas. El sistema tampoco se las da.
Abordar este tema sin incluir a las familias es tratar el síntoma sin entender el ecosistema completo.
Para quien tenga ochenta días por delante
Si estás leyendo esto y tienes la EBAU dentro de poco tiempo, no te escribo para darte más presión. Te escribo porque llevo semanas escuchando a personas como tú, y hay cosas que merecen decirse más alto de lo que se dicen.
Tus notas en Bachillerato ya dicen quién eres. El número que salga en junio no cancela eso.
La persona que llevas años construyendo, el esfuerzo real que has puesto, la curiosidad que tienes, la forma en que piensas, lo que eres capaz de hacer cuando te interesa algo de verdad: nada de eso desaparece si ese día las matemáticas salen mal o si la pregunta de historia es la que menos esperabas.
Prepárate lo mejor que puedas. Pero cuídate mientras lo haces. Duerme. Come. Muévete. Habla con alguien si lo necesitas, ya sea un amigo, un familiar, un docente en quien confíes o un profesional. El estudio que ignora el cuerpo y la mente no es estudio eficaz: es desgaste. Y tú vas a necesitar estar entera, entero, el día que más importa.
Y cuando llegue ese día entra sabiendo que lo que te hace valioso no cabe en ninguna casilla de ningún formulario de admisión.
Lo que hay que exigir
Este no es un problema que cada estudiante deba resolver individualmente. Es un problema político, y tratarlo como si fuera solo emocional o pedagógico es otra forma de dejarlo sin resolver.
Necesitamos más plazas públicas en las carreras de alta demanda. Necesitamos un modelo de acceso que tenga en cuenta más la trayectoria, no solo un examen. Pruebas específicas para cada tipo de carrera, de aptitud, de actitud, y de calidad humana. Necesitamos que las pruebas sean equivalentes entre comunidades autónomas si van a compararse en el mismo sistema. Necesitamos orientación vocacional real, no un listado de notas de corte entregado a los catorce años. Y necesitamos que las familias, los docentes y las instituciones dejen de trasladar a los adolescentes la responsabilidad de unos fallos que son estructurales.
Lo que me dice la gente con la que trabajo estas semanas —estudiantes, padres y profesores por igual— es que todos quieren hacer bien su parte. Todos quieren hacer bien su parte. El sistema hace que sea cada vez más difícil.
Un sistema educativo que produce salud mental deteriorada de forma sistemática no es exigente. Es deficiente.
La presión que siente una chica de diecisiete años delante de un examen no es un problema suyo. Es la señal de alarma de un sistema que lleva demasiado tiempo sin escuchar sus propias alarmas. Escribo esto porque creo que nombrar el problema con claridad es el primer paso para no resignarse a él.
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