Elegir es siempre dejar algo atrás
Un hombre lleva quince años con sus ahorros en una cuenta que apenas da intereses. Nunca ha perdido un euro. Tampoco se lo pregunta muy a menudo, pero si lo hiciera, la respuesta no le gustaría: en quince años, ese dinero quieto ha costado bastante más de lo que parece. No porque haya desaparecido nada de la cuenta. Sino por todo lo que ese dinero podría haber sido, y no fue.
Eso, sin más aparato, es el coste de oportunidad. No hace falta ningún libro de economía para entenderlo: cada vez que se elige algo, se deja de elegir todo lo demás, y ese "todo lo demás" tiene un precio, aunque no aparezca en ningún recibo. El error habitual no es ignorar la teoría. Es que solo vemos el coste de lo que elegimos —el precio en la etiqueta— y nunca el de lo que descartamos, porque eso nunca llega a existir del todo. Es difícil echar de menos algo que nunca tuvo forma.
El dinero que ya se fue no debería opinar
Hay un segundo mecanismo, hermano del anterior, que actúa justo al revés. Se llama sesgo de los costes hundidos, y consiste en seguir invirtiendo tiempo, dinero o esfuerzo en algo solo porque ya se invirtió antes, aunque toda la evidencia disponible diga que conviene parar. La reforma de la cocina que se alarga un año más porque ya se ha gastado tanto que "abandonarla ahora sería tirarlo todo". El curso que ya no interesa a nadie, pero se termina porque ya se pagó. El negocio que sigue abierto, perdiendo dinero mes a mes, porque cerrarlo significaría admitir que los cinco años anteriores no sirvieron de nada.
La trampa está en la palabra "admitir". El dinero ya gastado no vuelve, se decida lo que se decida a partir de ahora. Pero el cuerpo no lo entiende así: siente que abandonar es perder dos veces, y prefiere perder una sola vez, aunque sea más grande y aunque llegue más tarde.
Una pregunta más útil que cualquier fórmula
Hay una manera sencilla de saltarse ambas trampas a la vez, aunque suene demasiado simple para ser cierta: preguntarse, sin mirar atrás, "si estuviera decidiendo esto hoy, por primera vez, sin nada invertido todavía, ¿lo elegiría?". No siempre da una respuesta cómoda. Pero separa, con más claridad que cualquier cálculo, lo que de verdad conviene de lo que solo se sostiene por inercia y por orgullo.
Voces del consultorio
Un hombre llevaba nueve años al frente de un negocio que no daba beneficios desde el tercero. Cuando le pregunté por qué seguía, no habló de cifras. Habló de lo que habían sacrificado él y su familia para sacarlo adelante. Cerrarlo, decía, sería reconocer que todo aquello no había servido de nada. Seguir abierto era, en realidad, la manera de no tener que reconocerlo.
Una mujer dudaba entre quedarse en un máster que ya no le interesaba o dejarlo a mitad de curso. Había pagado la matrícula completa. Cuando calculamos juntos cuánto le costaría en tiempo y desgaste terminarlo comparado con lo que ya había pagado y no iba a recuperar de todos modos, la decisión se volvió mucho más simple de lo que había sido durante meses.
Lo fácil de explicar no siempre es fácil de aplicar
Estos dos conceptos se explican en un par de párrafos, y aun así casi nadie los aplica bien a su propia vida. No porque sean complicados. Porque desde dentro de la propia decisión —con el dinero ya puesto, el tiempo ya invertido, el orgullo ya en juego— resulta casi imposible hacer la pregunta con la frialdad necesaria. La misma pregunta, hecha por alguien que no tiene nada personal en juego, suele bastar para ver con claridad lo que llevaba meses o años borroso.
Entender el coste de oportunidad y el sesgo de los costes hundidos no cambia por sí solo ninguna decisión. Ayuda a nombrar, al menos, qué tipo de error se está a punto de cometer. El resto —aplicarlo a la cuenta, al negocio, al máster o a la vida de cada uno— casi siempre sale mejor acompañado que a solas.